23 jun. 2014

El círculo de las hadas (extracto)

–Mi muy sentido pésame… Las palabras no dan abasto para expresar nuestra unión a tu dolor en este momento… un abrazo.
Maritza jugaba con la cadena dorada entre sus nerviosas manos. Trataba, con toda la civilidad, de evitar estallar delante de los presentes. No eran hipócritas, eran solo, criaturas de porte social, obligadas por la etiqueta a formular una que otra excusa, a hacer sentir su presencia… a compartir el dolor. Muchas veces ella había estado de ese lado de la cortina: ensayando las gracias sociales que la harían salir airosa de una situación forzada. A pesar de agradecer los gestos, los platos de comida preparada no hacían otra cosa que librarle de la distracción de la cocina y darle más tiempo para pensar; las flores… sus favoritas, detrás de las cuales, desde ahora percibiría para siempre un olor a formaldehido y algodón prensado. Los presentes no tenían idea de haber arruinados ciertas cosas para siempre.
No era justo culparles. La muerte, jugando al azar, se cubrió sus ojos con la venda, le pidió al destino que besara los dados y los echo a rodar, cargados para dar un siete. La casa pierde una vida y el juego continúa. La cruel suerte era la única explicación para la muerte inesperada de su prometido, a los veinticinco años de edad. 
Esperó a que los más cercanos terminaran de rendir tributo ante la urna plateada que contenía las cenizas de Esteban. Mientras algunos ya se sentían lo suficiente relajados como para aventurarse a la mesa de botanas sin sentir vergüenza, Maritza subió silenciosa las escaleras hacia el segundo piso. Los ojos de su prometido le seguían, escalón tras escalón, en montajes de fotos de niñez y adolescencia. Llegó a la habitación de Esteban. Se lanzó, sin guardar el mínimo respeto sobre la cama estrecha; el lecho donde él durmió de niño. Se abrazó a la almohada, forrada en una funda marrón bordada de cuadros azules, negros y verdes. Dicha combinación no encajaba con el gusto contemporáneo del que sería su esposo, pero en esos momentos, era lo único que le representaba. Maritza no encontró como volver al apartamento después del accidente. Recibió la noticia mientras trabajaba y al salir, condujo directo a casa de sus padres, donde permaneció durante la semana. No quería lidiar con las sabanas revueltas sobre la cama, o el tubo de pasta dentífrica apretado desde el centro en lugar de la base… los detalles sin importancia que le enfuriaban y ahora solo servirían para hacerla llorar sin parar. Pero le extrañaba, lo suficiente como para perderse en esa almohada buscando algo, el mínimo de los recuerdos de niño que indicaran algo sobre el hombre. 
En algún momento debió quedarse dormida. Se despertó al sentir el tacto de una mano, amorosa, pero firme en su pierna expuesta. Se volteó sobresaltada y nerviosa, murmurando disculpas ante su atrevimiento mientras pretendía arreglar su cabello y su maquillaje corrido. Observándole en silencio, dos mujeres esperaban el momento para dirigirse a ella. 
–Nadie va a culparte, muchacha. Ha sido una odisea. Todos estamos cansados, unos con más razón que otros. Todos estamos dolidos, con igual derecho.
La más anciana de las mujeres, Carla, la abuela de Esteban, dijo esas palabras mientras se sentaba a orillas de la cama y extendiendo sus manos, creaba un puente entre su hija y Maritza.
–Maritza, querida, – continuó Carla– tanto Isabel como yo hemos discutido un asunto a saciedad. Estamos conscientes de lo que Esteban sentía por ti. No eras la primera chica que traía a casa, pero si, la única que insistió que todos debíamos conocer. No pienses que queremos atormentarte más de lo debido con lo que vamos a hacer. Eres joven, y aunque el dolor parece insoportable ahora eventualmente será superado. Pero, es que hemos determinado que no debemos callar lo que, de no haber sido interrumpido por un accidente, se hubiese hecho evidente.
La abuela dio una mirada a Isabel, indicando de esta manera a su hija que ya había dicho su parte. Isabel soltó la mano de su madre y procedió a abrir una caja de madera sobre el gavetero. Fue entonces que Maritza reaccionó al hecho de que habían estado conversando en total oscuridad. La luz del poste del alumbrado apenas si entraba en ángulo por la ventana y el tejido de la cortina se reflejaba sobre las manos ocupadas de Isabel, avejentándolas a la sombra de círculos oscuros. 
–Pueden encender la luz, – dijo de manera considerada.
–No es necesario– contestó Isabel. – Conozco cada rincón de esta casa–. Carla, sin embargo, pensando que ese no era el caso con Maritza, encendió la luz de la habitación. Por un segundo Isabel pareció parpadear agitada, vistiendo con un destello verde sus ojos oscuros. En sus manos, sostenía una caja diminuta, forrada en el más profundo rojo. Maritza adivinó su contenido antes de que las mujeres dijeran palabra. Se llevó las manos a los labios, un intento frustrado de evitar que el corazón se le asomara por la boca. Era demasiado. Isabel continuó, algo desconectada de la reacción de la joven.
–Esteban nos participó de sus intenciones antes de… El asunto, es que después de discutirlo con mi madre…– Las palabras se le hicieron pesadas y la calidez escasa. Estaba haciéndose obvio que cualquiera que fuere la decisión, fue Carla quien presentó lo que sería la resolución final. Su hija solo seguía un guion, el cual se le complicaba con cada palabra. La matriarca interrumpió de nuevo. Tomando la caja de manos de su hija la abrió para que Maritza pudiese observar el anillo. 
–Este gesto indica que estábamos prontas a perderlo; que ya Esteban estaba dispuesto a ser más tuyo que nuestro. Este anillo le perteneció a mi madre y luego, durante el tiempo que duró el matrimonio de Isabel, estuvo también en su dedo. No tiene lugar en esta casa. No cuando ya mi nieto había escogido a quien sería su portadora. Es tuyo.
Maritza sostuvo la fina pieza de joyería en sus manos. Se animó a levantarlo contra la luz. Era un diamante considerable, cortado a la usanza del siglo diecinueve. Suntuosas y gruesas facetas adornaban la piedra de corte redondo. La misma reposaba sobre una delicada montura de oro blanco que exhibía delicadas curvas semicirculares, cunas a diamantes más diminutos. El círculo exterior del anillo contaba con un labrado de hojas y espinas intercaladas, dando la ilusión de que piedra y montura comprendían una rosa. 
–Es… es… No puedo aceptarlo–. Ya no pudo más. Le asaltaron las lágrimas. Se refugió en la habitación tratando de conectar con el pasado y ahora, estas mujeres le estaban mostrando la pieza integral a un futuro imposible. Era la peor de las crueldades disfrazada de caridad.
–Debes – contestó Carla de forma resoluta. –De ninguna manera ese anillo vuelve a mis manos. Me perseguiría la peor de las suertes… negar la última voluntad a alguien que ha pasado a mejor vida. Solo te pido una cosa. Un último favor para esta vieja y esta madre desconsolada. Quédate aquí esta noche y por los próximos dos días. Estamos organizando llevar las cenizas de Esteban a descansar junto con su padre y creemos que es lo justo que tomes parte de ello. A mi nieto le hubiese gustado que vieras Innisfree. Duerme querida. Consúltalo con la almohada. Han sido muchas emociones por esta noche
Isabel rompió el silencio pare decir buenas noches, saliendo de la habitación antes de que Maritza pudiese contestar. Carla acarició el cabello cenizo de la joven, acomodándolo detrás de sus orejas como si jugara con una muñeca. Con sumo cuidado, desató la cintilla que recogía el resto del pelo en una sobria cola de caballo y la entregó en sus manos. 
–Deshazte de esto, solo va a provocarte un dolor de cabeza. Puedes tomar una ducha y dormir en esta habitación si te place. 
Maritza asintió. Mientras las mujeres se movían para buscar toallas y ropa de dormir que ofrecerles, la joven se dedicó a observarlas. Más que madre e hija parecían hermanas. Carla sin duda tuvo a Isabel a temprana edad, como era de esperarse entre las generaciones pasadas. Ambas mujeres tenían el cabello oscuro. El de Isabel aun no asomaba canas, Carla estaba comenzando a desteñirse en plata. Eran altas y delgadas, con manos delicadas, pero fuertes. Hablaban poco. Lo necesario. Carla, por virtud de ser matriarca, tomaba precedencia sobre su hija. Incluso ahora, después de haber desbordado todo el sentimiento a mano, volvían a envolverse en el silencio de sus quehaceres. Maritza las observaba como quien no quiere interrumpir la coreografía de una danza.
Al recibir los útiles del aseo de parte de Isabel, se aventuró a preguntar: – ¿Esteban alguna vez expresó el deseo de descansar en Innisfree, junto a su padre? – Era una pregunta imprudente, pero el anillo y la requisición de las mujeres le ganaron el derecho a saber. En dos años de relación con Esteban, el joven jamás habló de su padre, excepto para explicar su apellido. O’Reilly no era un apelativo muy hispano y a Maritza siempre le causó curiosidad. Long Island, New York contaba con la variedad étnica para producir semejantes combinaciones, pero la joven siempre sospechó un resentimiento en contra del padre por parte de Esteban, apenas si hablaba de su progenitor. No hay mucho que decir, Maritza. Mi padre murió cuando yo era apenas un crío. No hizo mucho por mí, excepto heredarme un intento de cabello claro y unas cuantas pecas. Mi padre siempre fue… asunto de mi madre…
Isabel se limitó a contestar: –La hacienda tiene una capilla y un cementerio privado. Allí descansaremos todos, eventualmente. Buenas noches–. Se despidió con un beso de Maritza. A pesar de que el acto debía denotar afecto, los labios se sintieron fríos y secos sobre su mejilla.
Esa noche la joven no pudo conciliar el sueño. Entrada la madrugada se despasó por los pasillos, revisitando retratos, buscando alguno que presentara al padre de Esteban. Uno tras otro, solo veía al joven, ya fuera por sí mismo o acompañado de las mujeres. Innisfree tampoco aparecía en las imágenes. Esteban mencionó el lugar un par de veces. Su padre había invertido en una hacienda en la sección rural del estado de Nueva York, unas quince cuerdas de terreno en cuyo centro residía un lago en el cual se asentaba una isleta de roca, lo suficientemente grande como para construir una cabaña de pesca. El nombre del lugar provenía de un poema escrito por W.B. Yeats en los 1800’s sobre una isla retirada. El señor O’Reilly llegó desde el Reino Unido, se trasplantó de manera total en otro país. Lo único que decidió conservar fue la idea de un lugar fantástico que pareció saltar de un libro a su alcance. Compró el terreno, sin pensarlo dos veces y lo bautizó con el nombre de un poema. Al rayar el alba, Maritza ya se estaba preguntando si dos años fueron suficientes o si, contrario a lo que pensaba, los pasó enamorada de un desconocido. 
El sol marcó la llegada del día. Maritza se levantó. El baño estaba al cruzar de la habitación, podía lavarse la cara y los dientes sin cruzarse con nadie en la mañana. El movimiento y el aroma de la cocina le indicaban que ya tanto Carla como Isabel estaban despiertas. Al abrir la puerta encontró a su suegra esperándole en el pasillo. Isabel tenía en sus manos las ropas de la noche anterior, lavadas y nítidamente prensadas.
– Me he tomado la libertad de llamar a tu madre e indicarle que traiga una maleta de fin de semana para ti.
Los ojos de Isabel se posaron en la mano izquierda de Maritza, donde descansaba el anillo. La decisión de la joven de usar la joya le fue indicativo de que las acompañaría también a la hacienda. Estaba en lo correcto. Maritza tomó las ropas de manos de Isabel. Después de hacerlo notó que su suegra traía consigo, además de la muda de ropa, un pedazo de tela oscura con el que procedió a cubrir el espejo del baño. Los silencios de Isabel no invitaban las preguntas.
Mientras bajaba las escaleras, Maritza llegó a pensar que Esteban no solo rehuía la idea de su padre, si no que, tras años de devoción a su madre y abuela, el joven se estaba preparando para dejarlas atrás. – ¿Que por qué me gustas? –le comentó un día mientras disfrutaban de un picnic en el Parque Central –Porque no te pareces en nada a ellas. Odias el silencio, los secretos… ¡Y para nada te molesta reírte a carcajadas a la menor provocación! –Todavía Maritza podía sentir la yerba mojada sobre su espalda y el peso del cuerpo de Esteban, cuando cansado de hacerla hasta gritar de las cosquillas, se inclinó sobre ella para darle un beso…
La cocina olía a maravillas. Huevos, tocino, crepés de fresa y café. Una empleada le preguntó cuál de los platos deseaba. Maritza se sintió cohibida de decir que apenas si deseaba un poco de fruta, así que optó por el crepé. Mientras la empleada batía la fina mezcla para esparcirla sobre el sartén, la joven divisó a Carla en el patio. La mujer estaba de espalda. En un principio Maritza pensó que tomaba un té, pero tras observar con cautela, vio que la matrona sostenía un platillo hondo que había elevado hasta sus labios. Carla siempre se condujo como una mujer muy dada al proceder y la etiqueta, pero ajena a estar siendo observada, lamía el líquido blanco en el plato como lo haría un felino. La crema chorreaba por su barbilla y a veces la mujer estiraba la lengua para absorber el líquido que se le escapaba hasta la piel.
–Señorita–. La empleada la llamó de vuelta a la cocina. 
Momentos después ambas mujeres se le unieron en la mesa. Una vez más, parecían muñecas cortadas de un mismo patrón. Madre e hija vestían faldas estilo lápiz de color gris y blusas de manga larga. A eso de las diez, llegó un taxi. El chofer trajo la maleta que fue requerida de casa de la madre de Maritza. 
Para cuando salieron a las tres de la tarde, las maletas estaban listas, las cenizas de Esteban cuidadosamente empacadas y los espejos de la casa completamente cubiertos. Maritza intuyó en tal acción una superstición, tal vez heredada de parte de su padre; asuntos del viejo mundo.
Ya listas para salir a la hacienda, Maritza esperaba en el auto. Antes de partir, Carla dejó instrucciones a la ayudante de cocina; listas de víveres para la próxima semana. Isabel también tenía algo que decir. Acercándose a la mujer murmuró a su oído: –No debes retirar la cubierta de los espejos hasta que lleguemos a Innisfree. El alma de mi hijo no puede entretenerse en esta casa. Debe viajar con nosotros a la hacienda.

A la venta el segundo semestre de 2014

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